viernes, 18 de noviembre de 2011

Melancolía (III) Cuando se mezcla con la decepción

Nunca te creía capaz de lo que hiciste, borrar a las personas de tu vida como si fuesen líneas mal hechas en un dibujo. ¿Tú te creías capaz? No soy la primera ni seré la última, te has traicionado a ti mismo tantas veces en ese aspecto. Aunque me hables de ello con tu careta de impunidad y claridad, sé que no son más que mentiras, farsas. Eres más oscuro que el propio infierno.

Desconfías de todo y de todos aunque dices lo contrario. Te lo crees. Te convences de que tus farsas son tan ciertas como la verdad que yo conozco. Aunque en esto, siempre todo es relativo. Me dijiste que me parecía a aquel cuadro de Tamara Lempicka. Te veo a ti más bien como uno de Munch; oscuro y atrayente. Vas de misterioso, piensas que tienes el control. Tú y tu sucio egoísmo arrasáis y arrastráis a los demás, convenciéndolos de tu farsa, para así poder también creértelo tú.

A ratos te odias, odias toda la suciedad que te rodea, que tú mismo creaste. Piensas en los que dejaste atrás, te da pena haberlo hecho. Te gustaría llamarlos pero luego pensando, ¿Qué les dirías? ¿Qué explicación le podría valer? Que fue por egoísmo. Que ya no te servían. Que su luz te daba miedo. O que les temías porque sabías que eran mejor que tú. Después, te arrepientes de haber pensado en ello y les odias, con el odio más oscuro que tu alma puede tener. ¿Qué opinas de todo esto? Pues mira, aunque no quieras (y de eso estoy muy segura), yo te daré la mía.

Hay más Caínes que Abeles en este mundo y ni siquiera Dios sabe por qué.

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