sábado, 12 de noviembre de 2011

Melancolía (II) Cuando se junta con la geografía

Hoy hace frío, o yo lo tengo. Me acuerdo de aquel frío de aquella cama mientras oía la lluvia caer. Por estas fechas ya llovía todos los días. Golpeaban en la puerta de cristal pequeños trozos de granizo y la calefacción no funcionaba. Estuvo sin funcionar bastante tiempo.

Desde el balcón de mi habitación, que era de un blanco que asustaba, por noviembre, se veía un parque. Ahí, al lado de una iglesia casi nueva, los quinceañeros tiraban petardos por la noche. Llovía y llovía y salir de casa era como una tortura.

Siempre hacía frío y siempre estaba todo mojado. La casa me atrapaba a más no poder y los sábados salía a la ventura con mi compañero de piso, el fantástico chico cactus. Tenía dos poderes básicos; tocar la trompeta y estar siempre callado. La trompeta la tocaba poco y siempre cuando yo no estaba en casa pero sabía que a veces lo hacía. Vivía de noche y dormía de día. Ambos lo hacíamos, pero yo salía de casa de vez en cuando, él se ponía con el ordenador horas y horas. Me hastió.

Iba con las gallegas, chicas escandalosas en busca de fiesta y algún italiano guapetón. Eran muy divertidas, venían pocos chicos con nosotros. Luces de colores y frío fuera. Gente loca por encontrar amor. Fiestas en las que se vendían las chicas por un par de cubatas. Muchos besos guarros, muchas manos largas.

Días de frío en el sur de Italia y al final, ya ves, todo es culpa de la lluvia.

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